Hoy petirrojo estaba muy nervioso. Volaba por la clase sin control y no sabíamos muy bien por qué, hasta que se posó en la caja de los amigos de Jesús no entendimos por qué estaba tan nervioso.
Dentro de la caja había un ágila. Por eso estaba Petirrojo tan contento, porque el símbolo del amigo de Jesús que vamos a conocer es un pájaro como él.
Al mismo tiempo que conocíamos a Juan, hemos trabajado habilidades muy importantes como la atención, la discriminación visual y la organización espacial, a través de la búsqueda de objetos escondidos en las páginas del cuento.
Poco a poco, vamos descubriendo que para entender bien las cosas es importante mirar con calma y desde distintas perspectivas. No solo con los ojos de la cara, sino también con los ojos del corazón.
Juan nos ha ayudado a reflexionar sobre cómo podemos “mirar” a los demás para ser buenos amigos al estilo de Jesús. Por eso, esta semana nos hemos propuesto un pequeño reto en el recreo:
“Que nadie esté solo.”
Mientras jugamos, estaremos atentos por si hay algún compañero o compañera solo. Si vemos a alguien así, nos acercaremos y le preguntaremos:
—¿Prefieres estar tranquilo o quieres que me quede a jugar contigo?
Para que el reto no se quedara solo en una actividad de clase, en Infantil hablamos de situaciones de verdad. De esas que pasan cada día en el recreo y que, muchas veces, los adultos ni siquiera vemos. Me contaron de niños que están solos en un banco, caminando sin jugar o mirando desde lejos cómo juegan los demás.
Y empezaron a aparecer razones que nacían de ellos mismos: a veces alguien está solo porque necesita un rato de calma. O porque su amigo está jugando con otros y no sabe cómo acercarse. A veces porque está triste, enfadado o cansado. O simplemente porque no le apetece jugar a lo mismo que los demás.
Poco a poco entendimos algo importante: no siempre sabemos por qué alguien está solo, pero sí podemos decidir qué hacer nosotros cuando lo vemos. Acercarnos. Preguntar. Respetar su espacio. Hacer sitio. Igual que hicieron con Juan.
En primer ciclo dimos un paso más. África lanzó una pregunta que nos hizo pensar mucho:
—¿Y qué pasa cuando te acercas a alguien para ayudarle… y te contesta mal?
A partir de ahí descubrimos algo importante: acompañar a alguien no siempre es fácil. A veces, cuando una persona está enfadada o triste, no quiere hablar. Y dependiendo de cómo reaccionemos nosotros, podemos ayudarla a sentirse acompañada… o hacer que se sienta todavía más sola.
Para trabajar todo esto hicimos un juego de role-play por parejas. Uno tenía que representar a alguien enfadado y el otro intentar ayudarle. Pero había una condición: no valía insistir, ni agobiar, ni querer arreglarlo todo enseguida. El verdadero reto era acompañar con respeto. Después de cada escena, entre todos decidíamos si habían conseguido superar el desafío.
Y, sin darnos cuenta, fueron apareciendo descubrimientos muy importantes. Entendimos que, cuando estamos muy enfadados, primero necesitamos calmarnos antes de volver a jugar. Que ayudar no significa insistir todo el tiempo. Que a veces preguntas “¿te ayudo?” y la otra persona responde “no”. Y que, aun así, podemos quedarnos cerca y decir: “Aquí estaré cuando me necesites”. Que si escuchamos atentamente y sabemos ver las pistas, los demás nos dicen lo que necesitan,...
En nuestro Jardín de la Pascua, hemos añadido corazones pintados con acuarela de muchos colores. A partir de la observación de esos colores y de las emociones que nos transmiten, hemos hablado sobre la diversidad: cómo a cada uno nos gustan cosas diferentes y cómo eso nos hace únicos y especiales.
Además, nos hemos ayudado unos a otros durante la actividad, poniendo en práctica el valor que hemos trabajado en esta sesión.
Para consolidar todo lo aprendido, jugamos al corro de la amistad. Mientras sonaba la música, girábamos juntos alrededor del círculo y, en cada vuelta, un niño o niña pasaba al centro. Poco a poco, el centro se iba llenando de compañeros que se daban la mano y se acompañaban unos a otros. Hasta que, al final, alguien quedaba solo fuera del juego (casi siempre la maestra).
Entonces, esa persona se sentaba en un rincón con gesto triste, igual que puede sentirse alguien cuando nadie juega con él en el recreo. Y ahí aparecía lo más importante: sin decir nada, los niños y niñas se acercaban enseguida para invitarle a jugar y hacerle sitio de nuevo en el corro.
Porque esta semana, con Juan, hemos descubierto que mirar con los ojos del corazón significa darse cuenta de quién está solo… y no dejarlo así

















.png)




.png)











