domingo, 31 de mayo de 2026

El fuego del Espíritu

 Esta semana, al llegar al aula, encontraron todas las ventanas cerradas. Las persianas bajadas. La clase en silencio.

—¿Qué pasó aquí? —preguntaron nada más entrar.

En el centro de la asamblea había una casa de cartón con la puerta cerrada. Y dentro, unas figuras escondidas.



Entonces empezaron las hipótesis:

—Están enfadados.
—Tienen miedo.
—No quieren salir.
—A lo mejor están solos.

Y, sin darse cuenta, acababan de describir perfectamente cómo se sentían los amigos de Jesús antes de Pentecostés.

A veces pensamos que las grandes historias de la religión están muy lejos de los niños, pero lo cierto es que ellos entienden enseguida lo que significa esconderse cuando algo nos preocupa, cuando tenemos vergüenza o cuando sentimos miedo. Ellos también saben lo que es quedarse callados, no atreverse o necesitar que alguien venga a buscarnos.

Por eso esta semana no empezamos hablando del Espíritu Santo. Empezamos hablando de nosotros.

De esos días en los que no tenemos ganas de jugar. De cuando una discusión pequeña parece enorme. De cuando alguien se enfada y se cierra “como una casa con todas las ventanas cerradas”.

Y entonces apareció el viento.

No un viento de verdad, claro. Pero sí uno de esos que cambian las cosas por dentro. Abrimos las ventanas de la casa y empezaron a aparecer pequeñas llamas de colores. No quemaban. Cada una traía escrita una palabra: ayudar, escuchar, compartir, cuidar, perdonar, abrazar, dar paz… 

En cuatro y cinco vimos un video que nos explicó como era ese viento y de qué otras formas puede aparecer. En primero y segundo vimos el video donde Unay Quirós nos habla del día que ese viento sopló sobre los apóstoles: Pentecostés.


Poco a poco entendimos que Pentecostés habla justamente de eso. De personas que vuelven a abrir las puertas. De amigos que dejan de esconderse. De corazones que pasan del miedo a las ganas de hacer cosas buenas por los demás.

Después, entre todos, pensamos qué cosas “apagan” a las personas y qué cosas las “encienden” otra vez. Y aparecieron respuestas preciosas:

—Que te escuchen.
—Que te inviten a jugar.
—Que te den un abrazo.
—Que te digan “¿quieres estar conmigo?”.

Cada uno escogió la llamita que llevaba una palabra que abría las puertas de su corazón. Y entre todos vamos colocando cada llama en la hoguera central, hasta que las pequeñas llamitas se convierten en una hoguera, porque una llamita sola es pequeña, pero muchas llamitas juntas hacen una luz grande. Eso pasó en Pentecostés el Espíritu Santo formó un grupo.  

Porque el Espíritu Santo, para los niños, no necesita grandes explicaciones. Lo entienden mucho mejor cuando descubren que hay personas capaces de llevar calma donde había enfado, compañía donde había soledad y alegría donde alguien estaba triste.

Y así, casi sin darnos cuenta, terminamos nuestro Camino de Pascua descubriendo algo muy importante: que seguir a Jesús no consiste solo en aprender historias sobre Él, sino en convertirse poco a poco en ese tipo de persona que forma un grupo que ayuda a los demás a abrir ventanas cuando por dentro todo parece cerrado, la Iglesia.

Aquí os dejo el enlace a los videos, la canción  y una infografía resumen de lo que aprendimos.












El camino de Santiago


 Hoy, al abrir la Caja de los Amigos de Jesús, apareció una concha. 


—¿Quién viene ahora? —preguntaron enseguida.



Y así conocimos a Santiago, el amigo de Jesús que nos ayudará a llegar hasta el final del Camino de Pascua.


Para presentarlo escuchamos un cuento muy especial. Un cuento sobre caminos difíciles, cargas que pesan demasiado y personas que descubren que avanzar solos no siempre es la mejor idea. Porque hay caminos que se hacen mucho mejor cuando alguien camina a tu lado.

El camino de Santiago de Beatriz Romero Bulnes


Mientras escuchábamos la historia, fueron apareciendo muchas ideas importantes. Hablamos de excursiones, de salidas familiares, de comidas en la playa.


Y entonces llegó la frase final del cuento. Esa frase que se quedó flotando en silencio unos segundos y que después empezó a llenar la clase de pequeñas reflexiones:



A partir de ahí comenzamos a mirar hacia atrás. Porque, sin darnos cuenta, durante todas estas semanas hemos ido llenando nuestro Jardín de la Pascua de historias, emociones y valores importantes.


Recordamos a Pedro aprendiendo sobre el perdón. Recordamos que si nos equivocamos, decimos lo siento. Y lo bien que nos sentimos cuando decimos "te perdono"



 A Juan descubriendo que nadie debería quedarse solo. Y que cuando alguien lo está podemos acercarnos a preguntarle si quiere jugar. Y si no está listo recordarle que cuando tenga ganas, estaremos esperando. 



A Tomás entendiendo que confiar también es dar un paso más.  


A hablar con María.



 Y a todos esos pequeños momentos en los que hemos aprendido a escuchar, acompañar, esperar, compartir y cuidar de los demás.

Después recogimos todas las piezas del Jardín de la Pascua y construimos entre todos un gran puzzle colaborativo. Cada pieza tenía un valor trabajado durante estas semanas. Y poco a poco, mientras las íbamos colocando, descubrimos algo muy bonito: por separado eran solo piezas sueltas, pero juntas construían un camino completo, el jardín de la Pascua. Después colocamos en él los símbolos que fuimos creando.



Un camino lleno de amistad, ayuda, confianza, perdón y alegría.


Un camino que nos recuerda que la Pascua no termina en un cuento ni en una actividad de clase. Continúa cada día, en las pequeñas cosas que hacemos por los demás. Porque igual que descubrió Santiago, cuando caminamos juntos… el camino siempre se hace mejor.


viernes, 22 de mayo de 2026

Cosas de mamá

Hoy, dentro de la Caja de los Amigos de Jesús, encontramos un rosario. Y enseguida empezaron las preguntas:

—¿Qué es eso?
—¿Por qué tiene tantas bolitas?
—¿Es un collar?

Y claro… es que ya estamos en mayo.

Seguimos descubriendo el calendario litúrgico de una manera cercana, relacionándolo siempre con cosas que forman parte de su vida. Porque poco a poco vamos viendo que la religión no aparece “aparte” de lo que vivimos, sino que camina junto a nuestra realidad, nuestras emociones y nuestra cultura.




San Pedro estaba en la puerta del Cielo, muy atento como siempre. De pronto frunció el ceño. —Señor, aquí pasa algo. Están llegando niños… y yo no les he abierto. Jesús lo miró: —¿Seguro, Pedro? —Segurísimo. Yo no me despisto. de Beatriz Romero Bulnes 

Por eso, esta semana, el recorrido por el Jardín de la Pascua nos llevó hasta María. Y, sin darnos cuenta, volvimos a acordarnos del colgante de la paz de Jesús. ¿Os acordáis? 

Aquella vez descubrimos que parar, respirar, contar lo que nos pasa y sentirnos escuchados puede ayudarnos a encontrar calma por dentro. 

 Porque los niños necesitan algo más que aprender cosas: necesitan ayuda para entender lo que sienten, poner orden a lo que viven por dentro y descubrir que no están solos. Necesitan espacios para escucharse, para pensar, para imaginar… y también para abrir poquito a poco el corazón a la presencia de Dios en su vida.

 Así nació la pulsera de la paz de Jesús. Una pequeña herramienta para aprender a parar antes de enfadarnos, escuchar antes de responder y buscar maneras buenas de resolver los conflictos. Con ella aprendimos que el silencio también habla, que respirar ayuda y que Jesús puede ser ese amigo que llevamos siempre en el corazón y al que podemos acudir cuando algo nos preocupa. 

 Y esta semana dimos un paso más en ese diálogo interior descubriendo a María. Les contamos que los cristianos tienen un objeto muy especial que les ayuda a hablar con ella: el rosario. Lo miramos despacio, lo tocamos, contamos sus cuentas y escuchamos cómo muchas personas lo utilizan para rezar. En clase de Religión no rezamos —para eso está la parroquia y la familia—, pero sí aprendemos a conocer los símbolos, las tradiciones y las formas en las que los cristianos expresan su fe. Y también podemos hablar de María como alguien que cuidaba, escuchaba y acompañaba igual que hacía con Jesús. 




 Después, con abalorios de colores, cada niño creó su propia pulsera: diez bolitas de cada color, repetidas cinco veces. Y se la llevaron a casa. Algunos dijeron que era para ellos. Otros tuvieron clarísimo que querían regalársela a alguien muy especial. A esa persona que les cuida, les escucha, les calma cuando están tristes y les acompaña incluso en los días difíciles… igual que María cuidaba de Jesús. 

 ¿Sabéis ya quién puede ser?