Esta semana, al llegar al aula, encontraron todas las ventanas cerradas. Las persianas bajadas. La clase en silencio.
—¿Qué pasó aquí? —preguntaron nada más entrar.
En el centro de la asamblea había una casa de cartón con la puerta cerrada. Y dentro, unas figuras escondidas.
Entonces empezaron las hipótesis:
—Están enfadados.
—Tienen miedo.
—No quieren salir.
—A lo mejor están solos.
Y, sin darse cuenta, acababan de describir perfectamente cómo se sentían los amigos de Jesús antes de Pentecostés.
A veces pensamos que las grandes historias de la religión están muy lejos de los niños, pero lo cierto es que ellos entienden enseguida lo que significa esconderse cuando algo nos preocupa, cuando tenemos vergüenza o cuando sentimos miedo. Ellos también saben lo que es quedarse callados, no atreverse o necesitar que alguien venga a buscarnos.
Por eso esta semana no empezamos hablando del Espíritu Santo. Empezamos hablando de nosotros.
De esos días en los que no tenemos ganas de jugar. De cuando una discusión pequeña parece enorme. De cuando alguien se enfada y se cierra “como una casa con todas las ventanas cerradas”.
Y entonces apareció el viento.
No un viento de verdad, claro. Pero sí uno de esos que cambian las cosas por dentro. Abrimos las ventanas de la casa y empezaron a aparecer pequeñas llamas de colores. No quemaban. Cada una traía escrita una palabra: ayudar, escuchar, compartir, cuidar, perdonar, abrazar, dar paz…
En cuatro y cinco vimos un video que nos explicó como era ese viento y de qué otras formas puede aparecer. En primero y segundo vimos el video donde Unay Quirós nos habla del día que ese viento sopló sobre los apóstoles: Pentecostés.
Poco a poco entendimos que Pentecostés habla justamente de eso. De personas que vuelven a abrir las puertas. De amigos que dejan de esconderse. De corazones que pasan del miedo a las ganas de hacer cosas buenas por los demás.
Después, entre todos, pensamos qué cosas “apagan” a las personas y qué cosas las “encienden” otra vez. Y aparecieron respuestas preciosas:
—Que te escuchen.
—Que te inviten a jugar.
—Que te den un abrazo.
—Que te digan “¿quieres estar conmigo?”.
Cada uno escogió la llamita que llevaba una palabra que abría las puertas de su corazón. Y entre todos vamos colocando cada llama en la hoguera central, hasta que las pequeñas llamitas se convierten en una hoguera, porque una llamita sola es pequeña, pero muchas llamitas juntas hacen una luz grande. Eso pasó en Pentecostés el Espíritu Santo formó un grupo.
Porque el Espíritu Santo, para los niños, no necesita grandes explicaciones. Lo entienden mucho mejor cuando descubren que hay personas capaces de llevar calma donde había enfado, compañía donde había soledad y alegría donde alguien estaba triste.
Y así, casi sin darnos cuenta, terminamos nuestro Camino de Pascua descubriendo algo muy importante: que seguir a Jesús no consiste solo en aprender historias sobre Él, sino en convertirse poco a poco en ese tipo de persona que forma un grupo que ayuda a los demás a abrir ventanas cuando por dentro todo parece cerrado, la Iglesia.
Aquí os dejo el enlace a los videos, la canción y una infografía resumen de lo que aprendimos.



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